PORNO_OBREROS DEL CÓDIGO

Lucía Egaña Rojas

curadora

Nuestros teclados están siempre sucios y nadie se pregunta por qué. En realidad navegamos dándole al refresh de manera compulsiva. Trabajamos con tecnología, por eso tenemos siempre una mano en el teclado y otra en el sexo, como si fueran pistolas. Nuestros computadores están llenos de manchas blancas, a veces las teclas se quedan pegadas. La red está recargada de subgéneros, podríamos estar tejiendo y sería lo mismo. (Conozco a Felipe Rivas San Martín el año 2010 en el patio de la Fech fumando cigarros). Entonces jugar con las categorías, entrar y salir, convertirlas en almacenes vacíos, en productos de supermercado, en lugares de cruising[1]. Hacerles bullying[2], asaltarlas desprevenidas, tratarlas como un hogar. Irse de la casa.

El trabajo de Felipe Rivas propone (desde la megalomanía) una serie de operaciones bastardas situadas en el propio cuerpo, un cuerpo tecnificado, cruzado por la lucha de clases que –desprevenida- se asoma por cualquier ventana. La lucha de clases entre Internet y cultura, entre porno y arte, entre pajas y polvos, entre categorías e identidad. La misma insistencia de que aquí no hay una tensión causada por la distinción entre pobres y ricos, la confirma. El porno y sus dispositivos, ese pariente pobre oprimido en sus baratas lógicas de producción y distribución, aparece ahora tematizado, elevado a la categoría de tema, rescatado de su marginalidad popular por el artista. ¿Hasta qué punto en nuestros cuerpos constatamos los amotinamientos de estas clases que no llegan a puntuar para ser incluidas en los catálogos de lo cultura.

Las tecnologías parecieran ser algo nuevo. Una ficción descentrada que llega a meterse dentro de la cama, en el humo de los cigarros, vía wi-fi everywhere. Luego la obsolescencia, la pintura, los protocolos, la técnica. Algo contingente y pasado de moda, entre la pantalla y el lienzo (¿no eran las dos “una ventana”?). Felipe, experto en protocolos, juega con la traducción entre distintos medios tecnológicos evidenciando lo que construyen más allá de las herramientas. Máquinas que producen placer y performances, aparatos visuales que controlan morfologías, gimnasia de la construcción de identidades que en un concurso de manipulación mediada quedan vacías, o semivacías, como trapos viejos. El cuerpo, ese papel confort[3] usado.

Internet como una enciclopedia (sobrecargada) de la mirada bastarda, donde abunda el código fuente, o donde toda categoría está controlada, no hay fallo. Felipe abre el código de esta cultura baja/alta, exhibe bugs[4], traduce protocolos. Abre el código genético de las máquinas para incitar su descontrol, en el fondo también es algo programático. (No puedo hablar de porno sin hablar de máquinas, sin dejar de citar todos estos códigos que se tatúan en cada lugar del cuerpo y más acá). La ingeniería precaria de una imagen descansa, nos da por el culo. El porno amaestrando, su verborrea increpándonos al nivel de lo inconsciente, y Felipe enjaulando el deseo, fijándolo en un frame[5] de óleo, poniendo un paspartú como si fuera una consigna o una molotov. Un pornoObrero no se saca nunca la ropa de trabajo porque es su piel. Un pornoObrero acepta la condición de tener +18 con un click. Y mientras escribo estas palabras, sobre las teclas se proyecta un dilatado cum shot[6] que deja inscrito el jugo de mi tecnodeseo en los dispositivos de nuestra interacción.


[1]             El cruising es una práctica sexual consistente en tener relaciones sexuales en lugares públicos como parques, playas, bosques, sitios eriazos, baños públicos o autopistas.

[2]             El bullying es una forma de conducta agresiva que se manifiesta a través del uso de la fuerza o coerción para afectar a otros.

[3]             En Chile, se denomina al papel higiénico “papel confort” debido a la primera marca que lo comercializó. La palabra  viene del inglés comfort (confortable, cómodo) y del latín confortare (hacer más fuerte) formado del prefijo con– (junto) y fortare (hacer fuerte). Es la misma raíz de la palabra confortar (animar, dar fuerza).

[4]             Un bug es un error de programación en un software informático que en general se presenta en su fase de desarrollo.

[5]             Un frame es un fotograma.

[6]             Cum shot es el término que describe la eyaculación en la representación audiovisual.


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LA REPRODUCCIÓN DEL DESEO

Alejandra Castillo*

 “La máquina deseante no es una metáfora; es lo que corta y es cortado según estos tres modos: el primer modo remite a la síntesis conectiva y moviliza la líbido como energía de extracción. El segundo remite a la síntesis disyuntiva y moviliza el Numen como energía de separación. El tercero remite a la síntesis conjuntiva y moviliza la Voluptas como energía residual. Bajo estos tres aspectos, el proceso de la producción deseante es simultáneamente producción, producción de registro, producción de consumo. Extraer, separar, “dar restos”, es producir y efectuar las operaciones reales del deseo”.

 (G. Deleuze y F. Guattari, L’Anti-Oedipe)

 

La ideología es una representación de la relación imaginaria de los individuos con sus condiciones reales de existencia[1]. Felipe Rivas San Martín en la descripción de su exposición denominada La categoría del porno nos recordará con acierto que “la ideología en Marx, corresponde al sistema de representaciones de la clase dominante y que en cuanto tal predominan de forma hegemónica en el marco social e incluyen todos los ámbitos de la cultura”[2]. Dos definiciones que pese a sus afinidades parecieran describir dos órdenes diversos para entender la ideología: uno signado por la “representación de la representación” y otro descrito bajo las señas “de la representación de un orden de clase”.

La teatralidad de esta escena escindida en dos órdenes diversos de representación parecería obligarnos a preguntar dónde finalmente se “reproduce” la formación social. Podríamos aventurar dos respuestas posibles a este problema, dos respuestas que, en la estela de la lectura de Althusser, vendrían a exponer la cuestión de la reproducción en la perspectiva abierta por los “aparatos” puestos en juego en un pensamiento de la disyunción. En otras palabras, que no son sino las de un cierto Marx y un cierto Althusser, podría observarse que la reproducción del orden social tiene o  bien en la escuela su instancia principal de incardinación (estructura económica), o bien tiene en la familia la instancia determinante del sistema de representaciones de clases (estructura sentimental). Esta disyunción a su vez parece conducirnos a la afirmación conjunta de dos modos de producción antitéticos de las representaciones sociales: uno que para abreviar podemos asociar con la formación social y otro con la formación deseante. La primera formación sería del orden de lo material/objetivo/real, mientras que la segunda lo sería de lo inmaterial/subjetivo/irreal. Bajo los signos que esta lógica simple de la disyunción impone, podríamos afirmar que la ideología sería o bien la máquina real del capital, o bien la máquina irreal del deseo (próxima a la falsa consciencia, al fantasma y la fantasía).

Ahora bien, ¿cómo retener o pensar conjuntamente la máquina productiva económica y la máquina productiva deseante?, ¿cómo no ceder a la lógica disyuntiva que nos obliga a escoger entre deseo y reproducción, entre presencia y representación?

Intentar avanzar por el desfiladero de estas preguntas exige, en primer lugar, abandonar el esquema de la disyunción simple, tal y como éste nos fue legado por cierta tradición izquierdista. Exige, en otros términos, un paso o tránsito de un esquema de disyunción exclusiva a un esquema de disyunción inclusiva, o, si se prefiere, exige desplazarnos de un izquierdismo productivista a otro izquierdismo deseante. Este desplazamiento, y las luchas a él asociadas tienen en la pornografía necesariamente su cuestión disputada. En segundo lugar, cabría advertir que siguiendo una línea de pensamiento que encuentra en Deleuze y Guattari sus antecedentes principales, habría que pensar la conjunción entre producción y deseo no bajo las formas estáticas de la libertad y la dominación, sino bajo las formas móviles de la permutabilidad y la plasticidad, de la línea y la diagonal.

En L’Anti-Oedipe, Deleuze y Guattari piensan precisamente la disyunción inclusiva bajo la forma monstruosa de la síntesis conjuntiva. Auxiliados por el caso del presidente Schreber, advierten que la reconciliación de éste con su devenir-mujer le conduce necesariamente a la identidad naturaleza-producción (producción de una nueva humanidad). Schreber se encuentra encerrado en una actitud y un aparato travesti, agregan, en un momento en el que ha recobrado sus facultades y se encuentra prácticamente curado. La síntesis conjuntiva se estructuraría, así, en una relación ambivalente entre fuerzas de atracción y repulsión, produciendo una serie “abierta de elementos intensivos, todos positivos, que nunca expresan el equilibrio final de un sistema, sino un número ilimitado de estados estacionarios y metastásicos por los que un sujeto pasa”[3].

Si bien esta alteración del esquema disyuntivo permite desbaratar la vieja tiranía izquierdista de la elección exclusiva, pareciera sin embargo mantener inalterado aquel otro esquema de valores que asocia la “materialidad” a la máquina de producción del capital, mientras observa en la máquina de producción del deseo únicamente un signo extrínseco o expresivo del trabajo de la primera. En este sentido, la producción y reproducción de la ideología, en tanto producción y reproducción del deseo, todavía es descrita bajo los postulados de la falta, la falsedad, la fantasía y el engaño. Desplazar este otro esquema disyuntivo supone necesariamente afirmar una otra relación entre reproducción y deseo, y entre deseo y producción. Supone, como lo sugiere Rivas San Martin, abrir otro espacio de permutaciones en la máquina izquierdista, inaugurar otras filiaciones entre el deseo y lo maquinal, entre producción y reproducción, entre crítica e ideología.

La ideología es la representación de la relación imaginaria de los individuos con sus condiciones reales de existencia. Necesidad de insistir, la frase es de Althusser. Cumshot, pareciera soplarnos al oído Rivas San Martin. Sin la ideología, sin la representación imaginaria de las condiciones reales de existencia, no tendríamos ni porno, ni realidad. Cumshot! No hay nada fuera de la representación, no hay nada fuera del porno. Ya se sabe, al menos Rivas San Martin lo sabe, Derrida no está muy lejos del plateau.

No hay orden sin ideología, no hay imagen fálica sin secreción, sin eyaculación. De ahí que la diseminación de la ideología es siempre la de la erección de un orden fálico. La agitación, el estremecimiento, acaso el temblor presente en toda imagen eyaculatoria, no pertenecen exclusivamente a la serie del placer y menos aun a la del deseo. Una y otra se excitan sin duda. Una y otra se miman y mantienen en la distinción y la separación. La gastada fórmula de la izquierda productivista de la elección exclusiva y de los esquemas disyuntivos enseña, precisamente, que hay que separar siempre producción y deseo, presencia y representación, la máquina (tecnología) y la ideología.

Siguiendo la serie “Queer Code” que enseña la categoría del porno, acosando “el esquema de funcionamiento” que Rivas San Martín propone a la hora de confrontar la máquina (un Smartphone) y la ideología (el video-performance que muestra la acción de un cumshot sobre una fotografía del rostro de Salvador Allende), cabría volver a interrogar esos otros nombres del deseo que la izquierda deseante se ha esforzado en las últimas décadas en pensar. Habitualmente el vocablo “deseo” se asocia a los significados de “falta” y “carencia” y, sin duda, a la represión que estas palabras vehiculizan. Quizás por ello, por la lógica de la represión que el deseo instala, es que Foucault terminó por rechazar el deseo para entregarse a la práctica del placer. Gilles Deleuze, en cambio, y contrariamente a Foucault, se inclinó siempre por el deseo, aunque para esto debió recurrir innumerables veces a los poderes de la fábula y de la invención. Para mí deseo no implica falta alguna, observa Deleuze, tampoco es un elemento natural. “Deseo no es más que un agenciamiento de heterogeneidades que funciona; es proceso, contrariamente a estructura o génesis; es afecto, contrariamente a sentimiento; es “haceidad”, (individualidad de un día, de una estación, de una vida), contrariamente a subjetividad; es acontecimiento, contrariamente a cosa o persona”[4].

Así descrito, el deseo parece abandonar el territorio de los estados de la subjetividad, para instalarse en los territorios de la inmanencia y el cuerpo. De igual modo, ataviado deleuzianamente el deseo parece abandonar también aquellas descripciones que lo narran desde lo “inmaterial” y lo “subjetivo”. El régimen del deseo no habla de la espontaneidad de un acto o de la naturalidad de una idea conjugada en el ámbito de la privacidad, sino más bien de un agenciamiento que pone en relación formas de distribución económica, territorios, líneas de fugas, simbiosis monstruosas, máquinas. Entonces, el deseo produce y aquello que el deseo produce es real. Bajo este enunciado es posible deconstruir la lógica de aquella definición de ideología que parece organizarse a partir de la escisión entre deseo y producción, entre presencia y representación, entre naturaleza y artificio. Contrario a esta noción de ideología el deseo produciría la propia  materialidad del modo de producción enlazando en una específica cartografía signos y huellas, símbolos y cuerpos. En suma, la máquina que produce el modo de producción es precisamente el deseo, de ahí que toda formación social sea una formación “deseante”.

Decíamos que la serie “queer code” de la categoría del porno nos enseñaba otra manera de leer o interrogar el deseo. Decíamos que “el esquema de funcionamiento” que Rivas San Martín propone entre máquina e ideología en la serie pintura QR code de la misma exposición abre a otras intervenciones y desplazamientos, a otras derivas y movimientos. La categoría del porno, en este sentido, se ofrece al espectador o espectadora como un proyecto de exposición biopolítico, como una cartografía esencial de la territorialización del deseo en las sociedades de control. La categoría del porno puede ser aprehendida de igual manera al modo de un abecedario visual en construcción en donde Rivas San Martin explicita el vínculo entre economía, deseo y cuerpo. Sí, el deseo es máquina de producción de lo real. Sí, el deseo trabaja también una territorialización de los cuerpos, organiza series de repetición y diferencia. Foucault y sus prácticas S/M tampoco aquí está muy lejos.

La categoría “pornografía” se revela de pronto al análisis como una herramienta teórica (visual) esencial al momento de examinar el dispositivo de control biopolítico contemporáneo. La pornografía deviene así tecnología visual, máquina de cazar miradas, prótesis con que observar un mundo prostético. Si atendemos, aunque solo sea un momento, a lo que en grandes rasgos puede ser descrito como la historia del término “categoría”, tendríamos que advertir que el devenir categorial de la pornografía estaba ya de algún modo inscrito en las propias prácticas de significación de lo pornológico. En efecto, en la Grecia de Esquilo y Heródoto la voz “categoría” en su acepción más originaria remitía a los actos de “revelar”, de “acusar”, de “reprochar”. Únicamente tras Aristóteles el vocablo “categoría” adquiere un sentido técnico asociado a las señas de la delimitación, la denominación y la atribución. Siguiendo la lógica espuria de esta genealogía, podríamos decir que antes de la denominación fue la acusación. La categoría, de este modo, describiría dos lineamientos, dos flujos significantes: uno, diagrama del orden; otro, diagrama de la alteración. Desde la perspectiva que define esta duplicidad de regímenes de representación, es posible afirmar que la pornografía como “categoría” sería el modo de producción deseante por excelencia de un régimen biopolítico organizado en torno a la auto-afección (“tecnologías masturbatorias”, “sex machine”, etcétera).

Para concluir, cabría afirmar con Rivas San Martin que la pornografía es hoy una máquina categorial. Una forma de producción y reproducción del deseo/cuerpo en las actuales democracias inmunitarias. Esta reproducción es exhibida en La categoría del porno en tres fases: 1) la normalización del cuerpo: la pornografía (es) infantil; 2) el establecimiento del archivo del sexo: la categoría de la pornografía; 3) y las líneas de fuga que resisten e interrumpen a la cartografía del deseo impuesta por la lógica pornográfica: la post-pornografía.

Si los efectos de la puesta en práctica del modo de producción pornográfico son represivos, la alteración del cuerpo/deseo normalizado en la diferencia de los sexos quizás deba auxiliarse desde el revés de la “categoría”, desde el rechazo, la resistencia y la interrupción del modo de producción de la representación.


* Doctora en Filosofía.

[1] Louis Althusser, “Idéologie et appareils idéologiques d’Etat”, Positions, Paris, Editions Sociales, 1976, p. 75.

[2] Felipe Rivas San Martín, Proyecto de exposición, Santiago de Chile, 2012, p. 15 (texto no publicado).

[3] Gilles Deleuze y Felix Guattari, L’Anti-Oedipe. Capitalisme et schzophrénie, Paris, Minuit, 1972, p. 24.

[4] Gilles Deleuze, “Désir et plaisir”, Magazine Littéraire, Paris, N° 325, 1994, pp. 59-65.

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